Cuando tienes miedo de perder al otro y te olvidas de ti.
Quizá te ha pasado alguna vez que estás bien, tienes tu vida, tu trabajo, tus amistades, tus proyectos. Pero empiezas una relación, te implicas emocionalmente y, poco a poco, algo cambia.
Si la otra persona se distancia, lo notas enseguida. Si tarda en contestarte a los mensajes, te pones nerviosa o nervioso. Y si percibes algo diferente en la relación, empiezas a preguntarte si has hecho algo mal, si le ha molestado algo que has dicho o si ha cambiado lo que siente por ti.
Y, casi sin darte cuenta, empiezas a poner mucha energía en intentar que todo vuelva a estar bien.
Te adaptas, cedes, callas cosas que te molestan o intentas comprender constantemente al otro. Quizá incluso empiezas a dejar de hacer cosas que te gustan o a posponer tus propias necesidades para evitar que la relación se deteriore.
Y aunque hay situaciones que no te hacen bien, te cuesta poner límites por miedo a que la otra persona se enfade, se aleje o deje de querer estar contigo.
Entonces aparece una pregunta que puede resultar muy dolorosa:
¿Por qué, si sé que esta relación no me hace bien, me cuesta tanto salir de aquí?
En algunas relaciones, además, se alternan momentos de mucha cercanía con otros de distancia, incertidumbre o desconexión. Cuando no sabes cuándo volverás a recibir afecto o atención, puedes encontrarte muy pendiente de cualquier señal que te indique que las cosas vuelven a estar bien.
Esta alternancia puede contribuir a mantener la búsqueda de contacto y confirmación. No porque haya algo malo en ti, sino porque la incertidumbre sobre un vínculo importante puede generar mucha preocupación y hacer que busques alivio acercándote de nuevo a esa persona.
Si te estás reconociendo en estas situaciones, me gustaría proponerte otra manera de mirar lo que estás viviendo, ya que quizá ya te dices que lo estás haciendo mal, que eres demasiado dependiente o que deberías aprender a estar sola o solo de una vez por todas.
Por eso, en lugar de añadir más exigencia y reproches, vamos a mirar lo que te ocurre con curiosidad, porque a veces, detrás de la dependencia emocional, hay mucho más que una relación difícil. Hay una historia, unas necesidades, unos aprendizajes y una manera de protegerte que quizá llevas muchos años utilizando.
¿Qué es la dependencia emocional?
- Hablamos de dependencia emocional cuando la necesidad de mantener un vínculo y el miedo a perderlo empiezan a condicionar nuestro bienestar, las decisiones que tomamos y nuestra manera de relacionarnos.
Y ese vínculo no tiene por qué ser únicamente de pareja. También podemos experimentar dinámicas de dependencia en otras relaciones importantes.
Pero quiero aclarar algo: necesitar a los demás no es el problema, ya que todos necesitamos afecto, intimidad, reconocimiento, conexión y sentir que podemos contar con alguien. Son necesidades humanas básicas, poder apoyarnos en otras personas no nos hace menos autónomos ni significa que no sepamos estar solos.
Algunas veces parece que para estar bien tenemos que ser completamente independientes, no necesitar a nadie y poder resolverlo todo por nuestra cuenta. Sin embargo, la autonomía y la capacidad de vincularnos van de la mano. Podemos tener una vida propia y, al mismo tiempo, necesitar afecto, apoyo y compañía, y esto es lo sano.
La dificultad aparece cuando el miedo a perder a alguien pesa tanto que empiezas a dejar de tenerte en cuenta.
Cuando necesitas que todo esté bien entre vosotros para poder estar tranquila o tranquilo. Cuando tu bienestar depende demasiado de que el otro esté disponible, te responda o te ayude a calmarte.
También cuando dejas de expresar lo que sientes por miedo a su reacción, o cuando aceptas situaciones que te hacen daño porque imaginarte sin esa persona te resulta demasiado doloroso, y entonces. poco a poco, toda tu atención se dirige hacia fuera: qué siente el otro, qué piensa, qué necesita, cómo está contigo y qué puedes hacer para que no se aleje.
Y, mientras intentas conservar el vínculo, puedes acabar renunciando a partes de ti. Quizá llega un momento en el que ya no sabes muy bien qué quieres, qué te gusta o qué necesitas. Te has acostumbrado tanto a mirar hacia la otra persona que te cuesta volver a escucharte.
Esto puede ocurrirte incluso si eres una persona independiente, tienes un buen trabajo y sabes tomar decisiones en otros ámbitos de tu vida, porque nuestra manera de relacionarnos no depende únicamente de lo que sabemos racionalmente.
Cuando tu cabeza sabe una cosa, pero tú sientes otra.
Quizá has leído libros sobre dependencia emocional, has reflexionado sobre lo que te ocurre e incluso sabes perfectamente qué te gustaría cambiar.
Sabes que no necesitas escribirle otra vez, sabes que revisar el móvil constantemente no te ayuda, una parte de ti tiene claro que no quiere seguir adaptándose a situaciones que le hacen daño, pero percibes distancia y algo vuelve a activarse.
Repasas las conversaciones, buscas explicaciones, lees varias veces el último mensaje e intentas descubrir qué ha podido cambiar. Te cuesta centrarte en tus cosas porque una parte de ti necesita saber qué está pasando con el otro.
Entonces empiezas a decirte que deberías tranquilizarte, que no puedes seguir así, que tienes que dejar de pensar en ello, pero cuanto más te exiges dejar de sentir lo que sientes, más frustrada o frustrado puedes acabar, y esto es tremendamente agotador.
Y es que quizá conviven en ti dos experiencias que parecen contradictorias, racionalmente sabes que recibir una respuesta más tarde no significa necesariamente que te vayan a rechazar. Y, al mismo tiempo, sientes una angustia muy intensa.
Reconoces que una relación no te conviene y, aun así, tienes muchas ganas de acercarte.
Quieres poner un límite, pero te da miedo lo que pueda ocurrir si lo haces, quieres alejarte, pero imaginar la pérdida te resulta insoportable.
Entonces, vivir con esta polaridad puede ser muy angustiante, y es importante que puedas comprenderla sin convertirla en otra razón para criticarte.
No necesariamente hay una parte de ti que sabe lo que está bien y otra que está equivocada. Puede haber diferentes necesidades, emociones y temores que se activan al mismo tiempo. Una parte puede estar cansada de sufrir y necesitar protegerte. Otra puede tener miedo de perder el vínculo. Y otra quizá sigue esperando que las cosas cambien.
El trabajo no consiste en obligarte a dejar de sentir, sino en comprender qué está ocurriendo para que puedas responder de una manera más consciente.
La dependencia emocional también se vive en el cuerpo.
A veces intentas explicarte lo que está pasando, pero tu cuerpo parece ir por otro lado, notas un nudo en el estómago, presión en el pecho, tensión en la mandíbula o una inquietud difícil de calmar. Te cuesta relajarte, concentrarte o continuar con tu día como si nada estuviera pasando.
Quizá no entiendes por qué te sientes así y eso te asusta todavía más. Desde una mirada integrativa, el cuerpo es una parte importante de nuestra experiencia emocional. No vivimos las relaciones únicamente a través de los pensamientos. También sentimos, percibimos y nos preparamos corporalmente para actuar.
Cuando percibimos que un vínculo importante puede estar en peligro, podemos entrar en un estado de alerta. La incertidumbre puede resultar difícil de sostener y aparece el impulso de hacer algo para recuperar la seguridad. Escribir, preguntar, buscar explicaciones o intentar resolver la situación inmediatamente pueden convertirse en maneras de aliviar el malestar.
Quizá contactas con esa persona y, cuando recibes una respuesta cariñosa, sientes alivio. Por un momento, la tensión disminuye y parece que todo vuelve a estar bien, pero si tu tranquilidad depende de esas señales externas, una nueva distancia o un cambio en la relación puede volver a activar el mismo patrón.
Por eso, cuando trabajamos la dependencia emocional, no basta con comprender racionalmente lo que ocurre. También es importante aprender a reconocer las señales del cuerpo, identificar las emociones que aparecen y descubrir qué necesitas en esos momentos.
Puedes empezar por observarte con suavidad:
¿Qué notas en el cuerpo cuando percibes que alguien se aleja?
¿Qué emoción aparece?
¿Qué impulso sientes: escribir, preguntar, acercarte, callarte o intentar resolverlo todo?
¿Puedes darte un momento para reconocer lo que te está pasando antes de actuar?
No se trata de controlar tus sensaciones ni de obligarte a estar tranquil@. Se trata de empezar a comprenderlas para que no tengas que reaccionar siempre de la misma manera.
Porque quizá el objetivo no sea dejar de sentir ese miedo de un día para otro, sino aprender a acompañarte cuando aparece.
¿De dónde viene esta manera de relacionarte?
Para comprender un patrón relacional, a veces necesitamos mirar nuestra historia, no para buscar culpables ni para encontrar necesariamente una única causa, sino para entender qué aprendimos sobre el amor, qué lugar ocuparon nuestras necesidades y cómo fuimos construyendo nuestra manera de relacionarnos con las personas importantes de nuestra vida.
Durante la infancia necesitamos sentirnos protegidos, recibir afecto, ser reconocidos y poder expresar lo que nos pasa con la ayuda de las personas que nos cuidan. También necesitamos ir desarrollando autonomía, descubrir nuestros propios deseos, explorar el mundo y aprender a reconocer nuestras emociones.
Estas necesidades forman parte del desarrollo. A medida que crecemos, vamos construyendo recursos propios y aprendiendo a relacionarnos con los demás sin tener que renunciar a nosotros mismos. Pero no todas las personas encuentran las mismas condiciones para hacerlo.
Quizá aprendiste a estar muy pendiente del estado emocional de las personas que te rodeaban. Quizá sentías que era importante portarte bien, no generar problemas o cuidar de los demás.
Tal vez expresar enfado, tristeza o desacuerdo no era fácil. O quizá aprendiste que era mejor adaptarte a las necesidades de los demás que arriesgarte a perder su atención o su afecto.
- Cada historia es diferente, y no podemos deducir cómo fue tu infancia únicamente a partir de tus dificultades actuales.
Sin embargo, explorar estas experiencias puede ayudarnos a comprender por qué algunas situaciones presentes despiertan emociones tan intensas.
¿Te has quedado encallada o encallado en una etapa de tu desarrollo?
A veces utilizamos la expresión quedarse encallado en una etapa evolutiva para hablar de necesidades o experiencias que siguen teniendo mucho peso en la vida adulta.
Pero no significa que una persona se haya quedado literalmente atrapada en una edad concreta, lo que puede ocurrir es que determinadas necesidades emocionales no encontraran suficiente respuesta en momentos importantes del desarrollo, o que algunas estrategias que aprendimos para conservar el vínculo se consolidaran y siguieran activándose años después.
Por ejemplo, si aprendiste que necesitabas estar muy pendiente de una persona importante para saber si todo estaba bien, quizá hoy te resulte especialmente difícil tolerar la distancia o la incertidumbre en una relación.
Si expresar tus necesidades generaba conflicto, puede que ahora te cueste pedir lo que quieres o decir que algo te ha dolido.
Si aprendiste que recibías más reconocimiento cuando cuidabas, ayudabas o te adaptabas, quizá hayas desarrollado la costumbre de priorizar las necesidades de los demás antes que las tuyas.
No significa que todas las personas con dependencia emocional hayan vivido estas experiencias ni que una experiencia infantil determine inevitablemente las relaciones adultas.
Significa que, en algunos casos, comprender qué necesitabas entonces y cómo aprendiste a buscar afecto, seguridad y reconocimiento puede abrir una puerta importante al cambio.
Aprender a ser un lugar seguro para ti.
Quizá llevas mucho tiempo intentando que las relaciones funcionen. Has intentado comprender, adaptarte, anticiparte y hacer las cosas bien. Quizá has dedicado mucha energía a cuidar el vínculo, incluso cuando hacerlo significaba dejar tus propias necesidades para más adelante.
Y puede que ahora necesites aprender algo diferente: estar contigo cuando aparece el miedo, esto no significa que tengas que poder con todo por tu cuenta ni que debas dejar de necesitar el apoyo de otras personas.
Significa empezar a construir una relación contigo en la que tus emociones tengan un lugar, tus necesidades puedan ser escuchadas y tus límites no queden siempre en segundo plano.
Poco a poco, puedes aprender a reconocer qué necesitas y expresar lo que sientes.
Y quizá, con el tiempo, puedas mirar tus relaciones desde un lugar diferente: no únicamente desde el miedo que sentías entonces, sino también desde los recursos, la capacidad de decisión y la conciencia que tienes hoy.
Y si llevas mucho tiempo viviendo este patrón, no tienes por qué comprenderlo ni trabajarlo todo en soledad. Un proceso de acompañamiento terapéutico puede ofrecerte un espacio para explorar tu historia, tus emociones, las sensaciones corporales y las formas de relacionarte que se repiten en tu vida.
Porque el objetivo no es convertirte en alguien que no necesita a nadie, es poder estar en relación con el otro sin dejar de estar en relación contigo.
Un abrazo!



