¿Eres de l@s que pueden con todo? Trabajo, casa, hijos, amig@s que te llaman cuando lo necesitan… y casi nadie te pregunta a ti cómo estás. O si te lo preguntan, respondes «bien» antes de terminar de pensarlo y sentirlo en tu cuerpo.
Si te reconoces en esto, es probable que no sea casualidad, y tampoco es que «seas así» y no haya nada que hacer. Esto es un patrón. Y como es habitual, todos los patrones tienen un origen y se pueden trabajar.
Por qué te cuesta tanto parar
Detrás de la persona que «puede con todo» suele haber una creencia muy concreta: en algún momento aprendiste que para ser querid@ tenías que ser útil, no fallar, no pedir, no molestar. Puede que de pequeñ@ tuvieras que crecer antes de tiempo, ocuparte de más de lo que te tocaba, o sentir que solo tenías sitio si aportabas algo.
Esa forma de estar en el mundo no nace de la nada: se construye en los primeros vínculos, con tus padres, tus hermanos, las personas que te cuidaron. La teoría del apego explica precisamente esto: los lazos que formamos de pequeños funcionan como un guion que seguimos usando de adultos en todos nuestros vínculos, no solo en pareja, también en la amistad, en la familia y en el trabajo.
Y este guion, cuando se ha construido sobre la exigencia de «poder con todo», te deja una parte muy eficaz cuidando de los demás… y probablemente poco entrenada en dejarse cuidar.
Tu cuerpo también vive en alerta
No es solo una cuestión de mentalidad. Cuando llevas tiempo funcionando así, tu sistema nervioso aprende a vivir en un estado de alerta constante: hombros que no bajan y tensionados, mandíbula apretada, y una sensación de no poderte soltar aunque no haya «nada urgente» en ese momento.
La teoría polivagal explica que nuestro sistema nervioso está todo el tiempo escaneando, sin que lo pensemos, si el entorno es seguro o no. Cuando durante años la seguridad ha dependido de estar siempre disponible y no fallar, el cuerpo se acostumbra a ese estado de hiperalerta, y parar —aunque sea un rato— puede sentirse ilógico, como un peligro.
Por eso no basta con decirte «tengo que descansar más». El cuerpo necesita aprender, poco a poco, que parar es seguro y que nada malo te puede pasar.
Lo que este patrón le hace a tus vínculos
Poder con todo tiene un coste que casi nunca se nombra: también afecta a cómo te relacionas.
No es que las personas de tu alrededor no quieran cuidarte. Lo que habitualmente sucede, es que muchas veces, debido a este patrón aprendido y que te aporta seguridad, es posible que algunas veces no dejes espacio para que te cuiden (y esto es completamente natural cuando hemos aprendido que cuidar es la manera en la que vamos a recibir amor, no al contrario).
Entonces, cargas sol@ con las tareas de casa y luego te enfadas por dentro sin decirlo. Con una amiga nueva, te notas evaluando y pensando cada palabra, como si tuvieras que demostrar algo. En pareja, te cuesta pedir lo que necesitas porque una parte de ti no cree que tenga derecho a pedirlo.
Y así, sin darte cuenta, el mismo patrón que te hizo sentir valiosa de pequeña hoy te deja agotada y, muchas veces, sintiéndote sola dentro de tus propios vínculos. Y esto es extremadamente doloroso.
De la costumbre a la elección
Entonces, aquí no se trata de dejar de cuidar —cuidar es parte de quien eres, y seguro que lo haces muy bien—. Se trata de que en la medida que puedas, dejes de hacerlo desde el automatismo y empieces a poder elegirlo. A decirte cuándo quieres cuidar y cuándo no. A tu elección.
Esto que te cuento empieza por cosas pequeñas: la primera podía ser notar la tensión en el cuerpo antes de decir «sí» por inercia, ya que esta tensión puede estarte indicando que no quieres hacerlo, y que hacerlo o decir que sí te provoca tensión corporal. Escuchar a nuestro cuerpo es esencial para dejar de repetir patrones, pero nadie nos ha enseñado a hacerlo. En los procesos terapéuticos trabajamos esto para ser cada vez un poquito más conscientes de ello, y de toda la información que nos da el cuerpo en cada encuentro con otra persona.
Otra opción es la de practicar una respiración que ayude a tu sistema nervioso a bajar revoluciones —la respiración 4-8 (inspirar en 4 tiempos, espirar en 8) es un buen punto de partida—. He subido una clase a YouTube donde hablo de todo esto y en ella explico esta respiración y otra, las dos muy interesantes y completas.
Hay muchas otras maneras de parar y entrar en contacto contigo, en los procesos terapéuticos las practicamos junt@s. Para, sobre todo, empezar a poner de vez en cuando la atención en ti, aunque al principio se sienta raro o incluso pienses que es egoísta.
Entonces, quiero decirte que desde mi punto de vista no es egoísta. Es, simplemente, algo que llevas tiempo sin practicar.
Cuándo pedir ayuda
Si te reconoces en varias de estas señales, puede ser un buen momento para acompañarte en un proceso terapéutico:
- Sientes que el mismo patrón se repite en distintas relaciones y no consigues cambiarlo sol@.
- Notas agotamiento relacional, aunque «todo vaya bien» en tu vida.
- Te cuesta sentir cercanía real aunque la desees.
- Tu cuerpo está en alerta casi todo el tiempo, incluso cuando no hay motivo aparente.
- Cuando piensas en hacerlo diferente te invaden los miedos y las dudas.
- Quieres empezar a cuidarte y a conocerte.
- Quieres dejar de poner la atención en los demás y empezar a ponerla en ti.
- Quieres empezar a conocerte.
Tienes permiso para parar, sin tener que ganártelo antes.
Soy Laura Folch Solé, terapeuta humanista integrativa. Trabajo con las distintas partes de tu personalidad, con el cuerpo y con el sistema nervioso, para entender por qué eres como eres y acompañarte a construir una forma de cuidar —a los demás y a ti— que no te deje fuera de la ecuación.



